
Este 8M queremos celebrar y seguir soñando mundos feministas, igualitarios, inclusivos y pacifistas. Frente al odio, la violencia, el avance de la extrema derecha y las guerras que atraviesan nuestro tiempo, hoy más que nunca es necesario celebrar las victorias alcanzadas por la cooperación, la solidaridad y el apoyo mutuo de las luchas sociales.
Por ello, queremos poner la mirada en la reciente regularización administrativa impulsada en el Estado español, una demanda histórica lograda gracias al esfuerzo y la perseverancia de centenares de organizaciones que han denunciado durante años la violencia institucional y de género asociada a la irregularidad administrativa.
La falta de reconocimiento y de derechos laborales genera condiciones de precariedad y explotación que afectan especialmente a la población migrante. Una vez más, las mujeres se sitúan entre las más perjudicadas. Salarios por debajo del mínimo interprofesional, jornadas laborales excesivas o incluso sin regularizar son algunas de las consecuencias más visibles de esta situación de desprotección. A ello se suman otras inseguridades derivadas de la ausencia de contrato y de cotización: la imposibilidad de acceder a prestaciones por desempleo, incapacidad temporal, pensiones de jubilación o protección frente a accidentes laborales.
Y es que no puede haber trabajo digno —como defendemos desde la economía solidaria— sin las garantías mínimas para participar en el mercado laboral y sin el reconocimiento pleno de derechos. Como denunciaba Kenia García, integrante del Colectivo de Prostitutas de Sevilla y el Movimiento Regularización Ya, en nuestro último encuentro de Idearia, “la Ley de Extranjería somete a las mujeres a estar trabajando dentro de la economía sumergida, precarizada, sin derechos garantizados y con serias dificultades para conseguir una vivienda”.
En un sistema como el capitalista, donde el trabajo es la puerta de entrada a los derechos sociales, la exclusión laboral conlleva barreras de acceso a necesidades básicas como la vivienda, la salud o la educación. Estas situaciones de vulnerabilidad económica y laboral aumentan, además, el riesgo de sufrir violencia y acoso sexual, al situar a muchas mujeres en contextos de mayor dependencia y desprotección, donde el miedo a perder el empleo, a ser denunciadas o a no encontrar alternativas dificulta denunciar los abusos y perpetúa dinámicas de explotación.
Muchas de estas mujeres sostienen, con su trabajo cotidiano, un sistema de cuidados imprescindible para la vida, mientras el Estado del bienestar se debilita progresivamente. Sin embargo, lo hacen desde un sector profundamente feminizado y precarizado como es el de los cuidados. Resulta clave, por tanto, avanzar en el reconocimiento y la dignificación de los cuidados y de quienes los sostienen. Solo así podremos seguir caminando hacia una redistribución justa de estas tareas, abandonando la lógica del mercado y de la exclusión, y avanzando hacia un modelo centrado en la sostenibilidad de la vida, tal y como plantean los feminismos y la economía solidaria.
Como decía Kenia García, “Ningún trabajo empodera, lo que empodera es saberse digna de reconocimiento y de derechos”. Por eso, este 8M salgamos a las calles para reclamar y defender los derechos de todas las mujeres trabajadoras y precarizadas. Y alcemos también la voz por la paz y por el derecho a la vida y a la dignidad de las mujeres en Gaza, en Oriente Medio y en las decenas de conflictos armados que siguen activos en el mundo, donde las desigualdades de género se vuelven aún más crudas y evidentes.
Llamamos a la movilización por todas ellas, desde las urbes pero también en aldeas, pueblos y barriadas, donde en ocasiones la militancia feminista no se vive arropada por multitudes y donde, a veces, toca convivir puerta con puerta con discursos reaccionarios. Lugares en los que la afinidad quizá no adopta la forma de una colectiva formal, sino de encuentros entre personas feministas que, además, sostienen la asociación cultural, la cooperativa del pueblo o la parada del mercado local. Una colectivización intergeneracional que nace en la ruralidad y que está atravesada por la necesidad de defender con firmeza el territorio, de cuidar y preservar la memoria y los saberes, de honrar las luchas de tantas que nos precedieron. Espacios donde el feminismo y la economía solidaria no son consignas, sino prácticas cotidianas de sostén, de vida.
En todos los rincones del mundo,
por los derechos laborales, sociales, sexuales y reproductivos,
por un mundo más justo, sostenible, solidario y feminista.

